Elogio de lo efímero

Elogio de lo efimero
Miembro de la Academia Riojana de Gastronomía

En el año de gracia de 1516 se introdujo en España el Moriae Encomium (latín) o Morias Encomion (griego) que Erasmo de Rotterdam había publicado cinco años antes en París. La traducción clásica Elogio de la locura es intocable, aunque no está exenta de matizaciones. Moria significa literalmente “estulticia”, esto es necedad, tontería; al mismo tiempo es una forma declinada de la palabra Moro, por Tomás Moro, el de la Utopía, a quien va dedicado el libro, y con éste el elogio.

El título pide pues un guiño de complicidad. Esconde por precaución la verdadera intención de la obra que es su contrario: reproche de la soberbia. Pecando quizás de ella por mi parte, lo traduciría como Elogio de la simpleza, palabra ésta que indica tanto la forma menos afectada de bobería o necedad, cuanto la más discreta de sencillez, que es la forma de vida que por contraste el autor vendría a elogiar.

Formas de soberbia, arrogancia o vanidad que suelen acompañar al poder, civil y clerical, se cuentan muchas en el libro. Ninguna de ellas falta en esta sociedad moderna que añade otras por su cuenta. La ciencia puede haber ensoberbecido a la humanidad que se arroga papeles de dios en su relación con la naturaleza. Aprendiz de brujo naturalmente; ya se sabe que la ciencia es el arte de resolver los problemas del ayer preparando los del mañana. Aunque tampoco la naturaleza es una (clásica) película ‘disneyana’ de buenismo animal y en ella se desarrolla una lucha feroz y soterrada por la supervivencia, en la que sin duda no parece legítimo privar al hombre de tal arma, única realmente determinante que posee. Cuanto más pequeño el animal más virulento, que se lo cuenten si no a los marcianos de Wells.

En materia gastronómica que aquí nos ocupa, somos conscientes de que sin ciencia, esto es, sin artificio, no hay alimentación universal posible. Esto nos crea agudas contradicciones que debemos resolver con la justa medida de valoración del daño que éste, singularmente el químico, pueda producir. Valoración en la que desde luego no resulta razonable tolerar diferencias por razón del lugar donde el alimento es producido.

Disquisiciones quizás demasiado elevadas para mi estatura. Aquí sólo quiero centrarme en una forma llana de arrogancia doméstica, como es la pretensión de consumir productos frescos, intrínsecamente estacionales, en cualquier momento del año. Lo cual se consigue, en el mejor de los casos, mediante su transporte aéreo desde allende los trópicos, cuando no mediante la introducción forzada de su cultivo en una tierra perpleja e inadecuada, a base de agua a manta y artificio a mansalva.

En el año de gracia de 1516 se introdujo en España el Moriae Encomium (latín) o Morias Encomion (griego) que Erasmo de Rotterdam había publicado cinco años antes en París. La traducción clásica Elogio de la locura es intocable, aunque no está exenta de matizaciones. Moria significa literalmente “estulticia”, esto es necedad, tontería; al mismo tiempo es una forma declinada de la palabra Moro, por Tomás Moro, el de la Utopía, a quien va dedicado el libro, y con éste el elogio.

El título pide pues un guiño de complicidad. Esconde por precaución la verdadera intención de la obra que es su contrario: reproche de la soberbia. Pecando quizás de ella por mi parte, lo traduciría como Elogio de la simpleza, palabra ésta que indica tanto la forma menos afectada de bobería o necedad, cuanto la más discreta de sencillez, que es la forma de vida que por contraste el autor vendría a elogiar.

Formas de soberbia, arrogancia o vanidad que suelen acompañar al poder, civil y clerical, se cuentan muchas en el libro. Ninguna de ellas falta en esta sociedad moderna que añade otras por su cuenta. La ciencia puede haber ensoberbecido a la humanidad que se arroga papeles de dios en su relación con la naturaleza. Aprendiz de brujo naturalmente; ya se sabe que la ciencia es el arte de resolver los problemas del ayer preparando los del mañana. Aunque tampoco la naturaleza es una (clásica) película ‘disneyana’ de buenismo animal y en ella se desarrolla una lucha feroz y soterrada por la supervivencia, en la que sin duda no parece legítimo privar al hombre de tal arma, única realmente determinante que posee. Cuanto más pequeño el animal más virulento, que se lo cuenten si no a los marcianos de Wells.

En materia gastronómica que aquí nos ocupa, somos conscientes de que sin ciencia, esto es, sin artificio, no hay alimentación universal posible. Esto nos crea agudas contradicciones que debemos resolver con la justa medida de valoración del daño que éste, singularmente el químico, pueda producir. Valoración en la que desde luego no resulta razonable tolerar diferencias por razón del lugar donde el alimento es producido.

Disquisiciones quizás demasiado elevadas para mi estatura. Aquí sólo quiero centrarme en una forma llana de arrogancia doméstica, como es la pretensión de consumir productos frescos, intrínsecamente estacionales, en cualquier momento del año. Lo cual se consigue, en el mejor de los casos, mediante su transporte aéreo desde allende los trópicos, cuando no mediante la introducción forzada de su cultivo en una tierra perpleja e inadecuada, a base de agua a manta y artificio a mansalva.

No parece por tanto inoportuno hacer aquí por contraste un elogio de lo efímero, del producto estacional consumido en su espacio y su momento naturales. Particularmente dos son los frutos cuya prueba fugaz más se conserva en mi memoria. Los tengo asociados además a sendas personas, ambas de una categoría hoy en riesgo de extinción, y cuya labor por descontado viene englobada en el elogio.

De veraneos de mi infancia, el melón. En particular los de un lugar de la Mancha. Allí un melonero apodado Medialibra los trasladaba de pueblo en pueblo en carromato guiado por mulas, y vendía al grito de: “¡Quién por un duro no come, bebe y se lava la cara!”. Su calidad y dulzura debían mucho al mimo y al trabajo con que los cuidaba. Incluía un método ‘champenoise’: a diario los giraba uno por uno un cuarto de vuelta a fin que todas sus partes se asolearan de la misma manera.

Ahora, en mi otoño riojano, los no menos dulces higos de viña, oxímoron producto de la tradición de plantar higueras (y otros frutales) entre las cepas. Su vida es aún más fugaz, sometida como está su propia temporalidad de estación al azar de las primeras lluvias que los aguachinan y malogran. Pero, ¡ah ese momento en que exhiben su “¡ojo de viuda, capa de pobre y cuello de ahorcado!”. Un tiempo los conseguía de mi tendero de barrio, Valentín, quien los traía de árboles de su huerta, con más pretensión de agradar a la clientela que de obtener beneficio. También entonces, pero inevitablemente más ahora, los como directamente de las higueras que aún se encuentran por sendas y viñedos abandonados, tan calladas como setales.

En este pequeño trozo de tierra en que habitamos la convivencia con lo efímero es natural, pues la naturaleza nos regala asombrosos productos estacionales que más disfrutamos cuanto más participamos del pesaroso decir que los de este año ya se están acabando. “Los de abril para mí, los de mayo para el amo, los de junio para ninguno”.

En materia efímera cada cual tiene sus propias debilidades. Hay aquí motivos de sobra para ir disfrutando a lo largo del año: cardos, alcachofas, puerros, borraja, espárragos, tomates, pochas, setas…

Verdaderos momentos de felicidad; nada que ver con el vacuo y por lo general insípido goce que la fatuidad del poder pretende procurarnos a destiempo. Ya se sabe que la felicidad es una actitud, pero justo es reconocer que hay momentos en que la vida nos la pone más fácil.

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