La acústica en los restaurantes

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Arquitecto

A la hora de decidir la elección de un restaurante, la oferta gastronómica que nos ofrece es una de las primeras consideraciones: siempre lo hacemos pensando en comer bien. La segunda, y puede haber muchas más, es compartir un buen rato, una buena conversación con amigos, una celebración o un intercambio de impresiones por motivos de trabajo.

Lo dicho hasta ahora es algo básico: todos lo compartimos. ¿Pero qué sucede cuando animados por la apertura de un nuevo establecimiento, sin embargo, decidimos finalmente que no asistiremos por segunda vez? Suele suceder que renunciamos a sentarnos en un novedoso restaurante ante el inaceptable barullo acústico del local o comedor. Un problema que se repite con demasiada frecuencia.

Ha llegado el momento de aceptar la invitación de Pedro Barrio, presidente de la Academia de Gastronomía, para reflexionar sobre esta situación que con molesta frecuencia se repite en tantos restaurantes, que tienen una excelente cocina, un magnífico servicio, pero una deficiente sonorización que complemente el disfrute y la comodidad de sus clientes.

Nadie discute, personas socializadas como somos, el valor estimulante de compartir mesa, comunicarse y fomentar la empatía entre los comensales. La conversación, en este caso, es la herramienta que utilizamos para compartir saberes, contrastar opiniones y hasta sentimientos. Ello requiere del sosiego y de la cercanía, sin olvidar la calidad de la oferta gastronómica del restaurante que nos acoge.

Coincidirán, con seguridad, en que pensar en una experiencia gastronómica, ésta se enriquece cuando la compartimos y comentamos en compañía. Porque, aunque comer solo, sea siempre una alternativa, qué duda cabe que hacerlo en amistosa compañía supone un mayor disfrute que complementa amistad con alimentos, conversación con reflexiones y ello requiere que nos podamos escuchar y hablar sin esfuerzo.

Cuando es algo evidente que el grado de confort de un restaurante tiene mucho que ver con la buena acústica de su comedor, llama la atención el poco interés que, en algunos casos, se presta a este aspecto por propietarios y proyectistas. No son pocas las salas en las que la reverberación hace difícil una buena conversación y, por tanto, dificulta “el compartir”. Todos hemos sentido alguna vez que el ritmo de nuestras conversaciones se dificultaba con las voces de otras mesas, y hacía difícil conversar con nuestros acompañantes, perdiendo con ello esa comunicación verbal que satisface a quien la mantiene sin tener que superar el ruido ambiental que aumenta y aumenta, hasta incomodar la querida satisfacción de la mesa compartida.

En arquitectura, porque de habitabilidad estamos hablando, la reverberación es el fenómeno acústico que se produce por efecto rebote de la onda sonora, al impactar contra los paramentos de la envolvente espacial. Ello hace que la onda sonora directa se repita por ese efecto rebote, produciendo una desagradable sensación de murmullo que obliga a hablar más alto, forzar la voz, etc.

Sorprende que una solución tan sencilla, no sea, sin embargo, algo cotidiano a la hora de utilizar los materiales que garantizan la absorción acústica y evitan la desagradable reverberación. La eficacia, sin duda, se obtiene cuando se actúa al aplicarlos en los techos, ya que el techo es el único paramento en el que la onda sonora no encuentra obstáculos y rebota a nuestros oídos. El estrato inferior, el de la altura en la que nos manejamos, está ocupado por nuestra propia presencia que amortigua la onda sonora. Aplicar estos conocimientos básicos es lo que nos permite un ambiente sosegado acústicamente, que agradecen los clientes y reporta beneficios a sus propietarios.

La acústica es, como en las grandes salas de conciertos, la que garantiza el confort del lugar, completa la satisfacción del marco escenográfico elegido para la ocasión y, en consecuencia, facilita el fin último de la elección de un restaurante: disfrutar de un lugar agradable, una comida agradable, una compañía agradable…, con una acústica agradable, porque nos escuchamos sin necesidad de levantar la voz.

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